lunes, agosto 28, 2006

Plutón y el alunizaje

Sí señores, los astrónomos del mundo (IAU) han decidido que Plutón (nombre romano para el Dios que gobernaba los infiernos), el pobre y pequeño Plutón, ya no es planeta, dejando obsoletas memorizaciones de cuarto básico, libros y libros de ciencias naturales y astronomía y una serie de observaciones científicas y astrológicas, basadas en los nueve planetas del Sistema Solar, que ahora son ocho. Además, se creó la categoría de pequeños planetas o planetas plutones, donde se incluye al degradado, junto a Ceres, Charon y otros ¿Se imaginan que por convención se decidiese que el uno ya no se llama uno, que el rojo no es un color y qué sé yo cuánta cosa más?

Cierto es que esto no es más que concretar una idea que siempre rondó en el campo de la ciencia de las estrellas, por lo errático y pequeño de este ex - planeta, cuya órbita no era elíptica y poseía un tamaño incluso más pequeño que el de algunas lunas y no menos cierto que, en términos prácticos, no va a afectar mayormente nuestras vidas, pero cuesta asumir que, a veces, las verdades que se consideraban inmutables no son tales, y que hay que estar dispuestos a que, sobre todo en el campo de las ciencias naturales, los avances tecnólogicos pueden revelar errores graves que hay que enmendar, aunque las decisiones sean dolorosas (sí, soy un viudo de Plutón).

Y, hablando de tecnología, la última maravilla de la criminalidad, el "alunizaje". La tracción mecánica puesta al servicio del robo con fuerza (no creo que los que inventaron el Four Wheel Drive hayan tenido en mente usos de tal calaña), aunque seamos claros, salvo el caso del Mall Plaza Oeste, respecto de las vitrinas de Providencia, Las Condes y Vitacura, tan lindas, pero tan expuestas, tan chic, pero tan a merced del primer "combo" o 4x4 que se cruce por allí, sólo queda decir que era cuestión de tiempo. No es que el hecho que exista una vitrina con pocas protecciones sea justificación para un asalto, o una atenuante o eximente de responsabilidad, pero que la tentación es grande, lo es, sobre todo si se trata de Louis Vuitton, o antigüedades de vaya uno a saber que cultura o época. Lo más curioso fue que se trataría de una "empresa familiar" bastante rentable, en que hasta las féminas están involucradas.

Parece que no hay como ponerle coto a la inventiva de los amigos de lo ajeno, cada vez más osados y más creativos, y dada la especificidad de los objetivos a asaltar o robar, dedicados al trabajo por encargo, con mafias internacionales y todo. Cabría preguntarse si la solución es aumentar las penas, o castigar con la imposibilidad de acceder a la libertad provisional para los reincidentes (que hay varios en el caso del alunizaje). La verdad sea dicha, y aunque la discusión da para largo, antes que imponer algo así como la Inquisición o culpar de todo a los jueces de garantía, hay que implementar, a la par de la aplicación correcta de la ley y una mayor dotación y mejor distribución de Carabineros, políticas públicas que tiendan a la igualdad de oportunidades, y que transformen la opción de dedicarse a tiempo completo a la delincuencia en algo despreciable y no apetecible como lo es hoy día.
Chaíto, vuelvo pronto, porque entre el regreso de los pingüinos y las coimas en el fútbol, hay harto de que escribir.

viernes, agosto 18, 2006

Con los ojos de Alberto

18 de agosto, día nacional de la Solidaridad, fiesta de San Alberto Hurtado, apóstol de los pobres. ¿Les dice algo?

Bueno, sí, Hogar de Cristo, "patroncitos", "contento, Señor, contento", "¿Qué haría Cristo en mi lugar?", y una serie de hechos y frases para el bronce, muy a pesar del Padre Hurtado, quien con toda probabilidad nos volvería a interpelar: ¿Es Chile un país católico?

Desafortunadamente la respuesta, desde los años 30 y 40, época de nuestro Santo, sigue siendo la misma. Aún más, ni siquiera podemos decir que Chile es un país cristiano, en el sentido de encarnar o apostar como sociedad por los valores del Evangelio, sino que somos una nación cada vez más individualista, egoísta, hedonista y atravesada por el consumismo (un grado más de la influencia nociva del capitalismo que no agradaba a este hombre de Dios) y el relativismo moral, tan práctico por lo acomodaticio.

Usted dirá que se me asomó el pechoño que llevo dentro, y quizá tenga razón, pero la verdad sea dicha, no se necesita conservadurismo moral para creer que el amor puede modificar estructuras y puede permitirnos ser más libres. Jesús expresó claramente que toda la Ley de Dios se resumía en amar al Señor por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, igualmente digno por el mero hecho de su naturaleza de ser humano, del mismo modo que se ama, protege, cuida a sí mismo, nada más pero nada menos.

Si lo piensa, no se necesita ser católico para amar al prójimo, pero para quienes decimos creer en Dios y somos parte integrante de la Iglesia Católica éste es un imperativo moral, que nos obliga a la responsabilidad social, a la caridad, y por sobre todo, a la justicia social, a aquella que busca no sólo dar a cada uno lo suyo, sino que el bienestar de todos, el bien común. Es decir, como católicos, estamos moralmente obligados a ser agentes de cambio social, a procurar que todos tengamos igualdad de oportunidades, a denunciar las injusticias y a luchar por un salario justo para todos, una educación digna, que sea para la vida y no una mera instrucción, una salud adecuada y oportuna para todos, jubilaciones acordes con el tiempo y trabajos realizados, y no a caer en el mero asistencialismo o la caridad con desprecio, sin mirar los ojos de aquel a quien damos una moneda o un pan, porque si no es así, ¿quiere decir que no nos atrevemos a mirar a Cristo?

Como recordaba ayer un magistrado en un comparendo de policía local, es tanto más difícil hacer justicia que caridad, y yo añado, y más fácil una caridad mal entendida, porque, y hay que recordar una vez más a San Alberto Hurtado, la caridad sólo empieza, sólo tiene cabida cuando termina la justicia, sólo cuando la justicia ya no puede resolver, aparece la más excelsa de las virtudes para suplir lo que falta.

Nadie pide inmolaciones ni manifestaciones grandiosas, porque se corre el riesgo de caer en el abatimiento de decir qué puedo hacer yo que no tengo influencia, ni dinero, ni fe, o que soy joven, o humilde, quién me va a hacer caso a mí. Es infinitamente mejor hacer algo que no hacer nada, y refugiarse comódamente en que los que si tienen los atributos de los que yo digo carecer no hacen el bien.

"Está muy bien no hacer el mal, pero está muy mal no hacer el bien", lo contrario es puramente fariseísmo.

viernes, agosto 11, 2006

Nos vemos después del fin de semana largo

El encabezado de mi anterior blog decía que no les había escrito, porque aunque figura con fecha 03 de agosto, lo subí recién el miércoles pasado. Eso para aclararles la primera parte.

Pasando a otro punto, me voy a hacer, por primera vez, los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, con duración de 4 días (es la duración más breve, para principiantes, hay de 8 días, de dos semanas y hasta un mes, creo), buscando pistas para las múltiples interrogantes que andan dando vueltas en mi loca cabeza, algunas de las cuales han salido en este blog, pero por sobre todo, recuperar el tiempo perdido en mi relación con Dios.

Suena raro, ya lo sé, hablar de ejercicios espirituales, uno el ejercicio lo asocia a lo físico, pero San Ignacio pensaba que también se podía ejercitar la oración y el espíritu, y usar aquella como herramienta no solo para comunicarse con Dios, sino que para entender los signos de su presencia, apreciar lo que me produce consolación y desolación (mociones), y a partir de ellos, tomar las decisiones (con el ejercicio del discernimiento) que nos permitan hacer todo para mayor gloria de Dios. Bonito, no.

Bueno, en semejante empresa me he embarcado, esperando volver no con las cosas resueltas, sino con pistas y líneas para discernir que quiero para mi vida, en consonancia con lo que el Señor quiere para ella. Ojalá que me sirva. Ahí les cuento como volví.
Chaíto

jueves, agosto 03, 2006

El puente ya se cayó, se cayó, se cayó...

Lo primero es decirles que esta semana ha sido bien dura en diversos sentidos, de allí que se haya retrasado tanto esta entrega, pero no siempre se tiene el tiempo que uno quiere.

Yendo a lo concreto, arduo debate por el tema del puente sobre el canal de Chacao. Válidos los argumentos por lado y lado, pero en resumen, la Presidenta decidió poner los puntos sobre las íes (curioso, se supone que no tiene carácter) y darle el corte definitivo, aunque no a la cinta inaugural, a una situación dilatada hace demasiado tiempo. Nadie puede discutir las buenas intenciones ni la necesaria conectividad para la isla mágica, pero desafortundamente el ya mítico puente tomó un tinte populista, transformándose en el caballito de batalla de los alcaldes de Chiloé y de parlamentarios de la zona (por avatares del destino, casi todos DC). El ministro Bitrán decidió sincerar las cosas y aclarar que el famoso "no puente" iba a costar más de un 50 % de lo proyectado y que el peaje en unos cuantos años iba a llegar a costar $22.000 la pasada. Mucho, me parece.

No obstante todo lo anterior, creo que lo medular es que nuevamente se hacen patentes las deudas que este país tiene con los que hacen patria en zonas de difícil acceso o extremas. Ahí están los ayseninos que tienen que darse el paseo por Argentina para llegar a otras zonas del país, los que tienen que tener a sus hijos en Esquel, Argentina, los niños de Juan Fernández que tienen ir a estudiar a Valparaíso o nuestros compatriotas que aún esperan que les levanten sus iglesias después del terremoto del norte.
Chiloé no merece un puente, merece que se dignifique la calidad de vida de sus habitantes, que los caminos interiores sean adecuados y transitables en toda época del año, que los niños tengan buenas posibilidades educativas que no los obliguen a emigrar forzosamente al continente, un hospital con especialidades básicas como cirugía, medicina interna, pediatría y traumatología, en que solo sea necesario derivar a Puerto Montt las situaciones de alta complejidad, y, por sobre todo, que se les integre como chilenos, sin que se pierda el mágico "imago mundi" que hace tan atractivo, tan particular y tan maravilloso al archipiélago más allá del Chacao.

martes, agosto 01, 2006

La solidaridad

Comienza el mes de agosto, mes de gatos, de cuidar a los viejos y de la solidaridad, por el Padre Hurtado. Y al respecto, se me vino a la cabeza una conversación que hemos tenido con mi mujer en innumerables ocasiones, en relación con el espíritu solidario de los chilenos, en la que llegamos siempre e indefectiblemente a la misma conclusión: los chilenos NO somos solidarios, somos asistencialistas quizá, dadivosos si se quiere, sensibles ante la adversidad climática o terremotística, pero solidarios, ni por si acaso.

Ahora bien, si nos atenemos a la definición de la RAE, sin duda, el pueblo chileno reviste estos caracteres, toda vez que la solidaridad se define como la adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros. Pero me parece que quedarnos en una simple adhesión con fecha de caducidad, sin ninguna proyección en el tiempo, no se acerca a la idea de caridad que debe llevar en sí el ser solidario. No quiero convertirme en ni en censor ni modelo de nadie (sería patético), pero estoy convencido que el ayudismo sin amor, sin contenido profundo y la solidaridad sólo motivada por hechos puntuales y dejada de lado una vez pasada la motivación, dista mucho de lo que como seres humanos y hermanos unos de otros debemos hacer.

Cosas tan simples como pedir permiso al tratar de avanzar en una multitud, despejar las salidas del carro del metro si falta mucho para la estación en que me voy a bajar, dejar bajar antes de subir, no pagar dos lucas en el supermercado con tarjeta de crédito o cheque, ocupar correctamente las cajas express o las preferenciales, dejar desocupados los estacionamientos reservados para discapacitados o embarazadas, o abrir la puerta o mantenerla abierta para el que viene saliendo o entrando a un lugar, son ejemplos de todas aquellas pequeñas, incluso tontas, cosas que los chilenos no hacemos (pero queremos que hagan por nosotros) y que de hacerlas, nos harían la vida más grata y nos humanizaría. "Lo cortés no quita lo valiente", dicen.

En este mes de la solidaridad, los invito a partir de lo simple, mínimo y hasta nimio, para poder llegar a hacer cosas más grandes por los demás y por nosotros mismos, como decía un amigo, los invito a hacer pequeños actos de amor, porque, para mí, de eso se trata realmente el ser solidario: amar y más amar.